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Seis

… (Capullos en una piscina)[1]

Hemos vuelto de entre las sombras para hablarles sobre el holometabolismo, y de cuánto cuesta atravesarlo.

Lo hacemos cada año, en realidad, con el corazón entre las garras y con una dosis menor de cinismo que la que acompaña nuestra perspectiva de este maizal en el que nos ha tocado llevar a cabo nuestra metamorfosis. Aunque este es un momento favorable para crear una publicación web de crítica cinematográfica o incluso una editorial o, qué sé yo, una productora (!), es tal vez un momento difícil para permanecer humano, sensible y cuerdo.

No vamos a entrar en detalles sobre asuntos políticos, económicos o sociales que intervienen en el desarrollo de esta pequeña iniciativa, ya que a) son demasiadas variables, b) no viene al caso y c) en menos de tres oraciones dejaríamos ver las horribles fracturas morales que componen nuestra diversidad como redactores de esta página, algo que dista mucho de ser una mente enjambre y se muestra más como una pluralidad de perspectivas y motivaciones para insultar al prójimo.

Más bien quisiéramos celebrar esas coloridas diferencias, y crear espacios para que se expresen con mayor ductilidad. Llevamos un muy buen tiempo preparando dichos espacios, pero esa tardanza responde a la calidad con la que queremos entregarlos, algo que no solo nos compete a nosotros (porque respetamos una buena investigación, el trabajo hecho con paciencia y los paseos en moto sin casco) sino a las personas que eventualmente recibirán estos contenidos, entre esos quienes leen estas líneas con una pizca de entusiasmo. Es también porque en el paso de pupas a imagos, debemos hacernos muchas preguntas con respecto a este proyecto y la manera en la que afecta nuestras vidas a largo plazo.

El título de este artículo corresponde a los seis años que han transcurrido desde que nos empezamos a preguntar sobre el cine de una manera distinta, dejando a un lado el consumo pasivo y delicioso para cuestionar lo que vemos de forma más activa y directa, aun cuando ese cuestionamiento no fuese en principio poco más sino una bengala cargada de prejuicios. A lo largo del último año hicimos el experimento de observar la evolución de nuestros escritos, de cómo rebotaban en calidad y optimismo a medida que pasábamos por momentos muy específicos de nuestra vida real, aquella que funciona detrás de estos pobres pseudónimos. Así pues, no es difícil hacer la cuenta de todas las cosas que pueden suceder en seis años.

En esos seis años algunos de nosotros han contraído matrimonio, otros se encuentran comprometidos, varios de los colaboradores han terminado carreras universitarias para empezar maestrías, algunos se han ido del país y otros han regresado con nuevos conocimientos para aportarle a esto. ¿Qué es “esto”, a la larga? ¿Por qué un grupo de personas querría dedicarle tiempo a lo que hasta ahora parece que han sido (a juzgar por esta misma página) unos escritos, algunas imágenes .gif y unas cuantas proyecciones de cine en vivo? Claramente es porque “esto”, Filmigrana es muchísimo más que esas minucias.

No planeo hacer un pitch de ventas porque todos sabemos que soy terrible en esa área, pero sí quiero hilar todo lo mencionado anteriormente: capullos, gente brillando en la oscuridad, ancianos teniendo sexo, producciones y ediciones impresas, espacios diversos… El mensaje es bastante claro: nos ampliamos una vez más, o más bien, seguimos bajo el efecto de las ampliaciones anteriores, desprendiéndonos de nuestra antigua piel para dar paso a otros cambios necesarios. Aunque empezó como una especie de divertimento y nunca lo planeamos de esta manera, notamos que ahora Filmigrana hace parte de nuestras vidas y le debemos nuestro tiempo y esfuerzo a este proyecto, ahora mucho más grande que nosotros. Por lo mismo, es nuestro deber cooperar con los demás miembros del equipo que no están adscritos a este espacio de crítica vitriolíca, a quienes eventualmente conocerán en su propio sitio pero que siguen viviendo con nosotros en el mismo asilo proverbial.

Ahora, ¿Qué saldrá de estos capullos?

[1] Gracias, Ron Howard.

Rob Bowman, The X-Files: Fight The Future (1998) / Chris Carter, The X-Files: I Want To Believe (2008)

La nostalgia tiene un efecto poderoso sobre los seres humanos, especialmente en estos tiempos modernos de procrastinación rampante donde es más sencillo ocuparse pensando en el pudo-haber-sido que preocuparse por el-ahora-y-el-mañana (aun cuando el-ahora-y-el-mañana son mucho más importantes para la preservación de nuestra especie y la cultura que le rodea). “Try to remember the times that were good”, le recuerda A.J. a Tony Soprano en la cena familiar que cierra la serie: Aquella costumbre de revisitar los momentos más felices de nuestra vida idealiza el pasado de una forma peligrosa y reductiva. La felicidad pasada nos fue solo posible gracias al resto del espectro sentimental que le acompaña día tras día. Eso no obstruye que ansiemos los viejos y buenos días: aquellos eran los días, todo lo que sucede aquellas décadas lejanas nos resulta incrementalmente complejo e inentendible y aterrador. ¿Los peligros de las NSA del mundo y de las fortunas fraudulentas de príncipes nigerianos y del sexo virtual? Nada de eso existía en aquel entonces (aunque sí existía el robo de órganos y el autoestopismo y los cultos satanistas, todos eventos que aún perduran). Sin embargo, olvidamos con frecuencia que nuestro revisionismo histórico personal excluye el hecho de que nuestra perspectiva crítica ha sido forjada con el pasar de los años y los días y los minutos que han transcurrido desde el punto A hasta el punto B.

Hay cosas que definitivamente eran mejores en aquellos buenos días: Por ejemplo, en ese entonces buitres corporativos y entes humanoides llenos de codicia aún no se habían percatado de lo lucrativa que es la nostalgia como contenido y estilo cinematográfico. Aquello es un proceso largo, posible solo gracias a la gentrificación[1] de los objetos de culto, impulsada por la explosión de las convenciones monetizadas diseñadas para excretar variaciones del perpetuamente mediocre y miserable fan-service. ¿Es usted fanático de una blanda serie de ciencia-ficción británica que destroza la obra original de algún tuberculoso escritor victoriano que tosió sangre hasta colapsar sin vida sobre sus hijos? Estoy seguro que le interesaría tener una camiseta temática, y una billetera y una licuadora y un set de cepillos de dientes, y un juego de mesa para jugar con sus igualmente horribles y pudientes amigos. ¿O quizás lo suyo es una obscura película de horror de Charles Band sobre un parásito caníbal que habita los estómagos de los seres humanos? ¿No le gustaría una mini-serie/secuela producida por Netflix y Chat-Roulette y dirigida por el mismo Charles Band? ¿O quizás un documental que rescate irónicamente los valores de producción baratos y la historia medio-cocinada de aquella película sin hacer ningún esfuerzo por ser una creación artística válida en sus propios méritos? ¡BAZINGA!

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Aquella visión distópicamente neoliberal[2] de la nostalgia jamás habría sido posible sin la reestructuración creativa ocurrida en Hollywood en la década de los 80s, casi en su totalidad impulsada por la fuerza sobrehumana de Star Wars de George Lucas. Considerado por su estudio patrocinador, 20th Century Fox, como un modesto filme de ciencia-ficción y el plan B de la estrategia de taquilla (centrada alrededor de la olvidada The Other Side Of Midnight) de aquel fatídico verano, la película de Lucas abrió el 25 de Mayo de 1977[3] en menos de 32 teatros y en unas cuantas semanas se convirtió en el fenómeno masivo que recaudó más de 750 millones de dólares (más Dios sabe cuanto en mercancías) y cerró la ventana de un Hollywood interesado en narrativas profundas y dramáticas para dar luz a un nuevo Hollywood obsesionado con los blockbusters, el marketing, las secuelas y los efectos especiales. Para ponerlo en perspectiva, en 1981 las 10 películas más taquilleras estaban conformadas por siete creaciones originales, una adaptación y dos secuelas. 30 años más tarde en el 2011, aquella lista está compuesta por ocho secuelas y dos adaptaciones de, ustedes adivinaron, cómics de Marvel. ¿Cómo asimilar estos inevitables eventos sin perder fe en la humanidad? ¿Es posible luchar una guerra contra ellos sabiendo que solo existe una posibilidad microscópica de ganar? ¿No es la creencia, o el deseo de creer, en ideales mayores a uno la forma de mantener viva la resistencia hasta que llegue la revolución?

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Existieron en los noventas un par de detectives que se enfrentaron al sistema constante y acérrimamente, con terribles y trágicas consecuencias personales y laborales, pero nunca amainados por los crueles azares del hado, ni por las vengativas acciones del 1%, y nunca disuadidos de la posibilidad de saber más y más con cada episodio de 40 minutos que pasaba: estos eran los agentes del FBI Fox “Spooky” Mulder y Dana “Starbuck” Scully, quienes investigaron más de 200 casos paranormales en la (inicialmente) extraordinaria serie televisiva The X-Files (1993-2002, 2016), creada por Chris Carter. Carter, un extranjero en el mundo televisivo, utilizó sus poderosas conexiones familiares y amistosas para propulsar con definido ímpetu lo que él consideraba necesario para la televisión de género noventera, inspirado fuertemente por los programas que veía en su infancia (principalmente Kolchak: The Night Stalker y The Twilight Zone). Su visión no-canónica fue fundamental para el éxito del programa: su abierta hostilidad hacia las entidades gubernamentales, su perspectiva constantemente pesimista sobre la naturaleza humana, su afecto indiscriminado por las teorías conspiracionistas (así éstas respaldaran en más de una ocasión hipótesis sugeridas por partidos políticos de extrema derecha), su extraña estructura parcialmente-serializada-parcialmente-independiente[4]. Carter se comportaba como un hombre con nada que perder (fuera de un jugoso contrato con Fox), pero The X-Files nunca habría funcionado de no ser por el casting perfecto de David Duchovny y Gillian Anderson. Balanceando una deslumbrante química sexual, casi siempre platónica, con avanzados y complejos bloques de información científica/histórica que se mezclaba con súbitos brotes de humor negro, Duchovny y Anderson hacían entretenidos incluso los más absurdos y ridículos episodios. Verles trabajando juntos era (y continua siendo hasta el día de hoy) una experiencia única y redentora en la ficción televisiva, ya fuera mientras intentaban alcanzar la elusiva verdad alienígena de un gobierno paternalista/egoísta, desmantelaban un culto de profesores de bachillerato satanistas con la ayuda del mismísimo demonio, o resolvían el caso de un asesino en serie en una comunidad circense[5].

Mi fanatismo casi religioso por The X-Files no me ciega ante su más clara debilidad, consecuencia de la ambición de su creador y maestro de ceremonias: Chris Carter simplemente no sabe cuando detenerse. Aquello tiene sus razones económicas lógicas, después de todo ¿quién mataría a la gallina de los huevos de oro? Pero Carter también ha querido desde los inicios de la serie explorar las posibilidades de su extensiva mitología[6]: Dos series (Millenium y The Lone Gunmen), tres videojuegos (incluyendo un Pinball diseñado por Sega), varios cómics, un juego de cartas, una próxima serie de libros para jóvenes adultos sobre la adolescencia de los protagonistas, dos películas y una reciente resurrección en forma de mini-serie sugieren simultáneamente un pago de deudas y una vívida obsesión creativa que no siempre resulta necesaria. De todos estas salientes, los dos casos más atractivos y relevantes para nuestra empresa son los filmes, rodados con 10 años de diferencia entre ellos, en momentos muy distintos de la saga.

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“Survival is the ultimate ideology.”

El primero, The X-Files: Fight The Future, continúa la narrativa entre el último capítulo de la quinta temporada (The End) y el primero de la sexta (The Beginning), luego de que (Spoiler Alert) los Archivos X han sido quemados hasta quedar hechos cenizas y la facción del FBI en la cual estaban empleados Mulder y Scully ha sido cerrada hasta futuro aviso. Dirigido por Rob Bowman, uno de los frecuentes colaboradores de la serie[7], y escrito por Carter y Frank Spotnitz, el propósito del primer filme fue tanto dar una especie de culminación a los primeros cinco años de la serie para quienes la habían seguido asiduamente, mientras que el universo le era presentado simultáneamente a nuevos espectadores que se adentraran en la sala por accidente (no creo que exista nadie en la tierra que vaya a ver la película de Alf sin saber con antelación quién diablos es Alf). La historia comienza en la era paleolítica, 35,000 años a.C., cuando un agresivo alienígena ataca e infecta a un par de cavernícolas con un virus desconocido, virus que es redescubierto en 1998 por un niño llamado Stevie (un joven Lucas Black) quien lo contrae mientras explora una cueva en el Norte de Texas. Una vez terminado este pequeño preludio pasamos a nuestros protagonistas, los reasignados agentes Mulder y Scully, quienes han sido llamados a responder a una alerta de bomba en un edifico federal de la capital estadounidense. A pesar de encontrar dicho artefacto explosivo, el edificio estalla en la primera gran secuencia de acción del filme (y probablemente el más costoso también, junto al alquiler de no menos de 15 helicópteros), y pronto un extraño contacta a Mulder para advertirle que dicha explosión es solo una pantalla de humo para distraer de algunos cadáveres incinerados en la morgue, entre ellos el del joven Stevie. Esta pequeña información pone en ruedo la investigación semi-ilegal de los dos agentes, quienes una y otra vez ponen en riesgo su propia vida y carrera profesional en búsqueda de la prueba irrefutable de la existencia de vida extraterrestre inteligente (Mulder por razones simbólicas, Scully por razones científicas).

Aunque resulte difícil complacer a un grupo de fanáticos rabiosos mientras simultáneamente se es condescendiente con ellos, el filme funciona sorprendentemente bien, y el resultado final es un sólido (si cursi) thriller que alterna entre divertido y ligero, y paranoico y pesimista. Bowman salta rápidamente de un género a otro, pasando por horror de criatura (con ecos de Alien y de Invasion Of The Body Snatchers, versión 1978), thriller político, procedural policiaco, y ciencia-ficción. Este trastorno de personalidad múltiple es visible también en la estructura del filme, donde el paso de una secuencia obligatoria a la siguiente es al mismo tiempo predecible y refrescante: nuestros héroes sobreviven a una costosa explosión (así demostrando que no estamos en territorio conocido) pero poco después un caso es revelado, y éste es investigado en una locación lejana y específica donde testigos son entrevistados y decisiones impulsivas y reveladoras son tomadas (no muy disímil de un episodio común). No obstante, el caso fue expuesto por un nuevo y extraño personaje[8] (básicamente una variación de los muchos informantes que suplen a Mulder a través de la serie), pero en cuanto los agentes se enredan en problemas son viejos conocidos quienes les auxilian/perjudican (The Lone Gunmen, La Corporación, el Hombre-Cáncer, el siempre bienvenido Walter Skinner). Fight The Future es básicamente un capítulo más largo y más caro de The X-Files, pero también uno efectivo (quizás es el último gran capítulo de mitología de la serie, antes de la ridícula aparición de los Super Soldados). Aquello abre una lata de gusanos: el filme no es del todo necesario, al tratarse de una oportunidad perdida que no explora las facilidades del formato fílmico[9] (como, por ejemplo, sí lo hizo South Park en South Park: Bigger, Longer & Uncut), pero no es del todo redundante por ser sumamente entretenido. El estilo de dirección de Bowman[10] camina aquella fina línea también, al ser vistoso pero no característico, aptamente emulando los blockbusters de verano dirigidos por Tony Scott[11] y Roland Emmerich, y bajando la intensidad en los momentos más íntimos entre los dos agentes (incluyendo el ansiado preámbulo a un beso que nunca se da).

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Fight The Future significó también el final del modelo de producción original de la serie: el rodaje se trasladó de la fría Columbia Británica en Canadá (cuyas misteriosas tierras fueron parcialmente responsables de la memorable atmósfera sombría del programa) hacia las tierras más soleadas de Los Ángeles, California, por petición de David Duchovny, quien deseaba tanto estar en cercanía de su mujer como tener la oportunidad de participar en más proyectos fuera de los financiados por Fox. Fue a partir de este momento que la mitología de The X-Files se fue tornando progresivamente confusa, mientras los capítulos aislados eran cada vez más auto-referenciales, cómicos y románticos (tonos que la serie raramente exploraba antes, pero que dieron resultados estupendos en The Unnatural, Triangle, Field Trip, X-Cops, Je Sohuaite, entre otros). El mayor sacrificio vino en el lenguaje cinematográfico, que se alejó progresivamente de los movimientos de cámara sugestivos y expresivos que inicialmente caracterizaron la producción (inclinándose más hacia fílmico que lo televisivo) y de la iluminación naturalista que otorgaba un realismo intrínseco a la imagen, dando paso en las últimas dos temporadas a un lenguaje incrementalmente blando y genérico, a varias cámaras, cuyos negativos eran escaneados inmaculadamente en los laboratorios del estudio para un resultado tristemente estéril[12].

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“This is God’s work.”

Ese estilo anodino impregna The X-Files: I Want To Believe, un procedural policiaco dirigido por Carter seis años tras el final de la serie, que parece debatirse entre un caso no particularmente interesante y un slice of life de la vida post-gubernamental de los agentes, quienes ahora son una pareja. Influenciado fuertemente por el auge de ficción de crimen escandinavo, el filme encuentra a un huraño Mulder y a una Scully dedicada de tiempo completo a la medicina no forense, cuando son contactados de forma inesperada por la joven agente Dakota Whitney (Amanda Peet) y su compañero Moseley Drummy (Alvin “Xzibit” Joiner) quienes requieren de su ayuda para lidiar con los aspectos más extraños de su más reciente caso: Una joven agente de la sección de Virginia ha desaparecido en lo que parece ser un secuestro, y las únicas pistas provienen de un desgraciado cura con pasado pederasta que tiene visiones reveladoras sobre los crímenes locales.

Escrita por Carter y Spotnitz y fotografiada por Bill Roe, el fotógrafo de cabecera de la serie desde la sexta temporada, I Want To Believe no es muy estimulante visualmente, pero sí presenta un retrato bastante inusual de dos de los personajes más emblemáticos del mundo televisivo. Alejándose por completo del arco mitológico, la película se asemeja sobre todo a los Monster-Of-The-Week de las temporadas tardías, recorriendo territorio previamente explorado (“asesinos con inexplicables conexiones psíquicas”) por algunos de los mejores capítulos de la serie, entre ellos Aubrey, Clyde Bruckman’s Final Repose y Oubliette. Sin embargo, la extensión fílmica y la ubicación temporal de la película media década luego del último episodio, expone perspectivas sobre estas dos personas previamente inexploradas. Mulder, por ejemplo, se ha convertido desde su desaparición en un conspiracionista obsesivo quien deambula de extrañeza a extrañeza sin norte aparente. Los límites impuestos por su puesto, su salario y la burocracia gubernamental eran el polo a tierra para Fox, quien se ha dejado crecer una larga y espesa barba, y ha reubicado su desorden oficinal a una aislada cabaña en Cualquier-Lugar, USA, completa con su célebre poster motivacional, lápices clavados en el dry-wall del techo y un plato lleno de semillas de girasol. Mulder sonríe ante la preocupación amorosa de Scully, pero parece perdido sin la amenaza de muerte y revelación que antes rondaba su vida, día tras día alejándose de la época más emocionante e importante de ésta. El caso le presenta la oportunidad de replicar sus años dorados, pero el tiempo que ha transcurrido hace parecer sus impulsos previamente valientes peligrosos, casi suicidas.

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Scully, por su lado, ha encontrado en el fin de su afiliación con el FBI una igualmente satisfactoria continuación a su carrera profesional, utilizando tratamientos experimentales en un hospital católico con la esperanza de curar niños enfermos. El caso no significa lo mismo para ella que para Mulder, ya que su mente se encuentra ocupada y activa, pero igual le ayuda a confrontar una parte de sí misma que siempre fue fundamental: la religión y la creencia. Frecuentemente encasillada como el yang escéptico al ying crédulo de Mulder, Scully siempre ha estado más dispuesta a creer de lo que se le reconoce, pero su mente científica constantemente domina las reacciones emotivas e instintivas que propulsan a su compañero. La película le presenta una oportunidad a Anderson de exhibir lados más sensibles y ambiciosos de su personaje que los vistos en la serie, mientras Carter aprovecha la dinámica entre Scully y el cura Joseph Fitzpatrick (Billy Conolly en un extraño casting) para librar una confusa batalla contra el clero y su poderío.

Aquellas exploraciones, aunque originales, no distraen de las múltiples fallas que atormentan I Want To Believe, la más flagrante que no es muy entretenida. La dirección pesada y desprovista de humor de Carter[13] es la principal causante de esto, haciendo el ritmo lento y quejumbroso en lugar de rápido y emocionante, como el género lo requeriría. Pero el filme también expone algunas de las razones por las cuales la serie era tan exitosa y lograda en los noventas mientras sus reanimaciones póstumas parecen incrementalmente datadas. Principalmente, está el concepto del asco y el miedo: La exposición y el fácil acceso a productos cada vez más violentos en televisión ha hecho que lo que antes era considerado perturbador y chocante haya perdido potencia, en parte gracias a una censura recesiva. Tanto I Want To Believe como la reciente mini-serie hacen uso explícito de gore, pero en lugar de ser herramientas inventivas para causar conflicto en los espectadores, parecen respuestas a una época y una audiencia más indolente. Mientras antes la sensibilidad común permitía que lo absurdo permeara lo real en la representación fílmica de la violencia, hoy en día el hiperrealismo y la porno-tortura ubican el asco en un lugar genuinamente repulsivo pero sin complicarlo ideológicamente. No problematizar las imágenes violentas es una forma de aceptarlas, y hacerlas extremadamente reales no solo las hace indeseables, también elimina el placer sensorial y visceral que anteriormente implicaban[14].

The X-Files nunca se trató sobre lo gráfico, porque ver un misterio explícito es un oxímoron. ¿Qué sentido tiene ver imágenes claras y nítidas de criaturas inconcebibles si eso solo subraya lo ridículas que éstas son inicialmente? El propósito de la saga creada por Chris Carter nunca fue revelar la verdad (así los capítulos finales se titulen obviamente The Truth), sino destacar la importancia de buscarla consistentemente, ya fuera en teorías conspiracionistas, autopsias extraterrestres, venganzas familiares, cajas de cereal o experiencias de vida. Aquel mensaje aún es poderoso y subversivo, y en tiempos de resurrección de franquicias antiguas por motivos nostálgicos y monetarios[15] resulta especialmente relevante. El simple hecho de que la obra original de The X-Files aún tenga mucho que decir, más de veinte años luego de su estreno, no es simplemente admirable: es en sí mismo, la elusiva verdad.

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[1] Aunque el término gentrificación normalmente se aplica a la restauración arquitectónica de áreas urbanas anteriormente problemáticas con intereses económicos, creo que encaja metafóricamente a la situación.

[2] Cash rules everything around me, C.R.E.A.M., get the money, dollar, dollar bill y’all.

[3] El mismo día fue estrenada la magistral Sorcerer de William Friedkin, que fue reciente y nostálgicamente restaurada en todo su esplendor.

[4] The X-Files introdujo la muy imitada y reverenciada división entre mitología (todos los capítulos con afiliación extraterrestre, con algunas excepciones) y Monster-of-the-Week (el resto de los capítulos, casi siempre tratando una actividad paranormal que iniciaba en el minuto uno y se resolvía en el 40).

[5] El otro gran acierto de Chris Carter fue rodearse de escritores supremamente talentosos, entre ellos James Wong, Glen Morgan, Frank Spotnitz, Vince Gilligan y el legendario Darin Morgan.

[6] Vale la pena mencionar que The X-Files fue también, en muchas maneras, la primera serie de culto estadounidense que fue improvisando su mitología a medida que avanzaba, y a pesar de presentar un retrato completo de la relación extraterrestre-humana ya acabado su trayecto, muchos de los trazos inicialmente esbozados fueron ignorados, olvidados y más de una vez contradichos.

[7] Bowman dirigió 33 episodios, de los cuales se destacan especialmente End Game, F. Emasculata, Our Town, Jose Chung’s From Outer Space y Paper Hearts.

[8] Carter y Bowman eligieron a varios actores reconocidos para que trabajaran en el filme, entre ellos Martin Landau, Armin Mueller-Stahl y Blythe Danner, rompiendo así su política de emplear mayoritariamente a actores desconocidos para mantener un mayor grado de realismo.

[9] Hay que decir que al menos la película tiene suficiente gore y sangre para ser uno de los PG-13s más violentos existentes.

[10] Habría sido fascinante ver la hábil mano del ya fallecido Kim Manners detrás del filme. Su afecto por los planos secuencias y por las angulaciones extrañas habrían abierto puertas estilísticas que por desgracia se mantienen cerradas en la versión de Bowman.

[11] Esta noción es reforzada por el empleo de Ward Russell como director de fotografía, quien trabajó con el fallecido Scott en Days Of Thunder y The Last Boy Scout como DP y en Top Gun, Beverly Hills Cop II y Revenge como técnico jefe de iluminación.

[12] La salida de Duchovny de la serie y su demanda laboral a Fox, ya memorias lejanas, no ayudaron tampoco.

[13] Los episodios escritos por Carter siempre fueron criticados por esas dos características, y aunque las dos se manifiestan de forma narcisista en este ejemplar, muchos de sus mejores capítulos evidencian un gran sentido del humor (Syzygy, The Postmodern Prometheus, Triangle) o una seriedad merecida y respaldada por la historia detrás (Darkness Falls, The Erlenmeyer Flask, Irresistible).

[14] Esto es especialmente notorio en los remakes modernos de las sagas de horror de los 80s, cuyo reemplazo de efectos prácticos por CGI es solo uno de sus estúpidos delitos.

[15] Hay excepciones a la regla sumamente valiosas, por ejemplo, Mad Max: Fury Road de George Miller (2015).

“Do it, Jim: Fill me up!”

Ocurre a finales del mes actual, tras un prolongado y probablemente intencional (si inconsciente) periodo de letargo/hibernación, que considero es hora de romper el “voto de silencio” en el que me encontraba sumergido. ¿Los motivos para volver a poner en escrito mis irrelevantes, tercas y frecuentemente viciadas opiniones? Terapéuticas, principalmente: Creo que es importante hacer algo en la temprana vida adulta que aplace las inescapables y densas nieblas del fracaso mientras espero que lleguen los esclarecedores vientos de la madurez (y sentarse a esperarlos es prueba definitiva de la ausencia del concepto). Es por eso, una razón puramente egoísta, que intento volver a Filmigrana a hacer lo que por un par de años me dio un sensación de estabilidad y un falso sentido de superioridad (qué, aceptémoslo, no me ha dejado del todo y probablemente exista en años por venir) y orientación.

No obstante, ya lo decía George Constanza a un temeroso Jerry Seinfeld que buscaba evadir los resultados de un detector de mentiras que le acusaba de estar obsesionado con Melrose Place: It’s not a lie if you believe it. Y mientras es cierto que nunca he sentido remordimiento o pena por lo que veo, aprecio y defiendo (lo más cercano a Melrose Place serían las telenovelas brasileras de Wolf Maya, una suerte de William Faulkner del melodrama televisivo moderno), sí encuentro sano mentalmente tener un espacio de agnosticismo en el cual no se muy bien sí aún existe un lugar para nuestra pequeña (pero específica y nunca vacía, espero) lancha de prejuicios y enfermedades, y sí la respuesta es afirmativa, sí está va en el sentido correcto hacia el destino deseado. Es una manera más divertida y más fantástica de ver el mundo que nos rodea (en palabras de Kyle Christian Kinane: “¿Qué nos sigue un hombre con un cuchillo? ¡Quizás es un chupacabras!”), y en el caso pertinente, me deja una sensación de tranquilidad y distanciamiento lo suficientemente poderosa para poder seguir con mi tarea de ofrecer lo mejor que puedo en el tiempo que considero pertinente (Dios quiera, un par de artículos por semana junto a mi viejo compañero de batalla Valtam, más varios regalos por parte de los demás Fortuitos ya conocidos y por conocer) a aquel lector desconocido que busca en este lugar un escape honesto a la dura realidad del día a día.

Y después de todo, honestidad es lo mejor que podemos ofrecerles, queridos lectores, tras desnudar nuestros escritos de su prosopopeya rococó lo que queda es la opinión de un par de personas que creen fervorosamente en el cine y en su poder artístico, nihilista y sexual, y que buscan a través de pequeños pero elaborados esfuerzos dar un vistazo íntimo al intenso cariño y respeto que le tenemos, aunque ocasionalmente se trate de un cariño similar al de un amante abusivo. Estos vistazos, sin embargo, sólo estarán completos al ser leídos, destruidos o celebrados por ustedes, quienes cierran de esa forma el círculo lógico en el cual algo se hace para alguien por una razón.  Les podría, a continuación, dar un abrebocas de lo que tenemos planeado para el futuro próximo y lejano de este espacio, pero creo que es mejor sí no lo hago y dejo que se sorprendan (para bien o para mal). Por ahora, sólo se que aún tenemos algo que decir. A continuación, una imagen de coito.

Election
Just like that.

Una Semana de Horror en Filmigrana, Parte 2: La Venganza

Para empezar, saludos, estimados lectores.

Y horror y violencia y sexo, todo injustificado probablemente.

Hace un año exactamente, nos embarcamos en un viaje en lancha motorizada río arriba por la cuenca de uno de los géneros más tóxicos, estimulantes, desconcertantes y, cuando hechos de la manera correcta (y en más de una ocasión la manera incorrecta es la más correcta) absolutamente reconfortantes y satisfactorios (aún si eso significa la pérdida de la memoria, inocencia, consciencia, calma, etc.). No hay mejor ocasión, en mi humilde opinión, para hacer un comeback de proporciones épicas (los Giants de San Francisco nos dieron una sólida definición de lo que eso significa) al pequeño pero querido espacio virtual de crítica fílmica al que tanto tiempo, esfuerzo y arrogancia le hemos dedicado.

No vale la pena decir que viene todavía, sólo estén seguros que hay sorpresas en el camino: sorpresas pequeñas, grandes y emocionantes, las primeras siendo una sólida y secreta combinación de 5 reseñas sobre filmes de Horror, comenzando mañana mismo y en este mismo lugar por mi compañero Valtam y finalizando el 31 de octubre, día de las brujas, por este servidor. Las demás serán reveladas a su debido tiempo, cómo los sospechosos en un whodunnit de Agatha Christie. Pero no se preocupen, y sobre todo, no olviden que todo esto es tanto de ustedes cómo nosotros: desde indignados e irracionales detractores hasta ciegas y rábicas porristas, les recibimos con los brazos tan abiertos cómo nos es posible (que desde nuestra altísima montaña de esnobismo y onanismo no es mucho, pero es propio y es honesto, dos ¿cualidades? imperturbables e irrompibles bajo nuestros ojos). De esta forma damos inicio a nueva etapa en Filmigrana, etapa que será explicada con más profundidad en un próximo y menos ambiguo filler. Por ahora, nos reconocemos de nuevo. Ya tendremos tiempo de adelantarnos.

We’re back…with a vengeance!

La Difícil, Desafiante y Deliciosa Realidad

Celebrando su aplicación como fórmula de redacción, resultona y difundida en su empleo, me preciaré de iniciar esta sentida nota con una anéctoda personal tangencialmente relacionada con el tema a tratar, rellenando de paso unos cuantos párrafos iniciales.

Mi habitación, desconocida por muchos de mis conocidos y precariamente amoblada, tiene un viejo escritorio de madera sobre el cual reposa mi fiel computador de escritorio (cómo me gustan las cacofonías), y frente a éste, con una devoción diaria y cercana a lo más pío, me siento todos los días para perder mi tiempo y contemplar algunos reflejos de mi vida con la ayuda de una pantalla LED de tamaño modesto. Mi trono es también humilde, aunque no deja de ser pintoresco en su propia categoría, consistiendo en una antiergonómica silla de madera con lona, que las clásicas giratorias de oficina me caen más bien mal y se dañan rápido con mis hábitos de uso. Hallándome tenso o inquieto suelo aprovechar las cuatro patas de esta misma silla para reclinarme, vulnerando el agarre que los tornillos tienen en la madera (aquellos tienden a roerla con mis movimientos) y produciendo un suave y cómodo rechinar que me hipnotiza, disuadiéndome de formularme preguntas acerca de la actividad que esté llevando a cabo frente a la luminosa pantalla en esos momentos de sónica efervescencia.

Hoy me senté en ceremoniosa quietud, evitando la tentación de reclinarme, y me quedé un rato mirando el calendario, con los ojos de un padre leniente y especial que reconoce sus arranques de crueldad y abandono. No pude resistir mucho tiempo en esa posición y, sorteando de nuevo con todas mis fuerzas el llamado de la madera que se pulveriza con sosegada lentitud (casi como dándome su aprobación para que la destruya a través de un uso que no fue el pensado para la silla que compone) me puse de pie, me miré en el espejo del baño y reconocí que había cambiado.

Por si la advertencia inicial fue eludida, lo anterior no fue el inicio de una noveleta urbana con ínfulas pseudo-intelectuales, aunque haya quienes consideran nuestras vidas como algo semejante. Dustnation y yo creemos en nosotros mismos, después de dos años de haber iniciado esta empresa que ha sacado lo mejor que tenemos como seres humanos y observadores de lo ajeno, en lo que se revela tras las pátinas de aparente esnobismo como la humildad y el deseo de aprender de aquellos que nos precedieron y cuyos relatos merecen ser rescatados, en un país que incrementa su atención y celo por la realización cinematográfica y la generación de cultura en general. La mayoría de nuestros lectores lo sabe, pero quien haya llegado un poco tarde a este abode podrá enterarse que el 18 de agosto de 2010 se ideó y creo este espacio de la misma manera que se construye una improvisada chabola en la ribera de un río o la ladera de una empinada montaña.

Somos jóvenes, se puede leer fácilmente a través de nuestras apreciaciones carentes de la experiencia que curte a los profesionales de la crítica (un oficio vilipendiado pero necesario en las parvularias de un arte), pero sin las vejaciones anímicas que caracterizan a quienes creen que lo han visto todo o que simplemente desquiciaron en su vejez, con casos que no vale la pena siquiera citar. Somos aventureros, también, y por nuestra mirada particular hemos planteado tan buenas discusiones como virulentos animismos, ninguno de los cuales es desaprovechado en función de aprender algo acerca de la mirada de nuestros lectores, algunos de los cuales podrían ser (sin que lo sepamos) nuestros más acérrimos opositores, sin que eso los haga detrimentales para el fomento de mayores y mejores discusiones. Infortunadamente también somos inconstantes, otro rasgo característico de la juventud, y en nuestro afán de ser diletantes y experimentar la vida en un amplio espectro, ocasionalmente hemos dejado de lado aquello que hemos llegado a considerar como esencial por la misma fuerza vital que impone y los espacios de reflexión que otorga. Con palabras no muy apropiadas y tal vez bastante edulcoradas me estoy refiriendo al Cine.

Fuera del misterio espiritual que se vive dentro de una sala de cine a oscuras, y en la comodidad de nuestras casas con un DVD proyectando una pieza inmemorial (o sencillamente absurdo y trivial en extremo) este es uno de los únicos espacios en los que hemos podido detenernos a respirar para pensar en lo que nuestras vocaciones implican, y observar como está entretejida la sociedad en la que hemos tenido la fortuna/desgracia de ser cultivados, sin olvidar los esfuerzos que hicieron centenas de individuos trabajando para una industria que a su vez es un arte, e intentando plasmar todo este espectáculo de destellos e ideas en un espacio medianamente coherente y abierto a la discusión. Seguro Dustnation hallaría una manera menos dulzona y divagante para decir todo lo anterior, pero nuestra empresa ha sido una marcada por el entusiasmo y el deseo de conocer, y hemos contado con la fortuna de encontrar almas afines que, bien en su rol de lectores dedicados o como colaboradores, han permitido la pulimenta de nuestras ideas y nos han dado una probada de la experiencia de escribir en y para cine, un evento en caliente muy difícil de emular en condiciones seguras.

Mas, con todo lo anterior no quisiera implicar que la hostilidad con la que algunas personas han expuesto sus puntos nos ha amedrentado hasta el punto de hacernos ceder nuestros butacos. Seguro, hay quienes se sentirán incómodos con las metodologías empleadas para describir ciertas obras del cine colombiano reciente, pero no renegamos de las vías como algunos expresan sus ideas, nosotros tenemos las nuestras e intentamos compartirlas para formar otras. Como lo iba apuntalando hace unos párrafos, es el espíritu de esta suerte de mocedad intelectual la que nos mantiene tan despiertos como desconcentrados, evitando que trabajemos con mayor ahínco en lo que consideramos como algo que vale la pena mantener.

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Y es aquí donde está, tomando prestadas y mutadas palabras ejemplares, ‘la Vieja en el Cruce de Caminos’, momento en el que observamos cómo deberíamos proceder ante este retoño con tanta salud y promisorias aptitudes. Para la mayoría de mortales, son las primeras décadas de vida en las que nos disponemos a crear un sinnúmero de proyectos y abrimos un número bastante amplio de vías y trochas, muchas de las cuales desaparecen bajo la hiedra del desuso y la falta de interés; han sido estos dos años, con sus pequeñas ausencias incluídas, suficiente tiempo para notar que esto no es ‘otro más’ de esos proyectos, guardando la fuerte esperanza de que con entusiasmo seguiremos atrayendo la atención de pocos (pero leales) lectores y redactores, impulsados también por nuestro evidente placer a la hora de escribir sobre cine. Tal vez sean patanes insufribles como nosotros, pero eso realmente será lo de menos.

Queda mucho por experimentar en cuanto a lo que escribimos y cómo lo hacemos, y en realidad se trata de un asunto de dedicación abnegada si queremos ver un atisbo de lo que nos espera al otro lado de las numerosas colinas por atravesar. Si hace falta establecerlo, nuestra búsqueda cada vez está menos inclinada hacia la fama y la popularización del sitio, pueden no contarle a sus amigos que vieron esto y saber, en su interior, que han estado leyendo los escritos de un par de maniáticos y su malsano troupé de amigos, pero nos importa más generar opiniones propias en quienes nos lean, motivándose a su vez a crear otros espacios de disertación en torno al cine y las artes con diálogos polivalentes y de orígenes diversos.

Mientras ustedes abren nuevas fronteras y hacen populares sitios web, nosotros seguiremos en nuestra pequeña tarea de redescubrir y reordenar nuestras experiencias, registradas aquí como una bitácora de exploración de más de un siglo de imágenes en movimiento. Costará trabajo, mucho trabajo, y habrá días en los que no llegaremos a casa a procrastinar, como es nuestra predilección, y en lugar de eso nos sentaremos, sin reclinar la silla o recostar la cabeza en una mullida almohada, y empezaremos a escribir y escribir, promoviendo el crecimiento de este espacio hasta que nos sintamos listos para emprender una nueva ruta, redimiendo por supuesto todo el trabajo hecho hasta ahora en artículos de 3000 palabras. Será difícil y nos privaremos de muchos ocios actuales, pero será fantástico, y en el fondo afrontaremos una pequeña pero crucial etapa de nuestras vidas, en la que sabemos que estamos comprometidos con una causa y conocemos bien esa causa, moviéndola como una alta prioridad.

Estoy alentado, tal vez demasiado emotivo y proclive a ser editado en la mayoría de lo escrito, mas no puedo evitar pensar cuánto he crecido, qué tanto se ha destrozado mi silla de madera y cuáles son mis nuevas voluntades para Filmigrana, queriéndolas aplicar ahora que tengo menos tiempo y energía para ello. Seguiría extendiéndome en lo que pienso como individuo, aquello que he aprendido y los temores de los que me he desprendido, así como aquello que he adquirido a lo largo de este corto pero sustancioso viaje; sin embargo, no habría mejor manera de comunicarlo que con un artículo de verdad, de aquellos a través de los cuales somos conocidos (e igualmente un par de desconocidos, aullando en el anonimato). Cerrando el artículo de manera pseudo-proverbial con una pequeña pasada de mi mano por mi inexistente barba, así funciona la difícil, desafiante y deliciosa realidad.

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… No, sin ese final tan deplorable que recién escribí, tengan ustedes la buena fe de seguir leyendo a estos patanes snobs, con toda la intención que tienen estos de continuar ofreciendo esa mirada agreste y no menos sincera sobre el cine que han visto, están viviendo y habrán de observar en un futuro, quién sabe qué tan lejano. Hasta una próxima y cercana ocasión, estimados lectores de Filmigrana.

La Diosa de la Fertilidad

David Fincher - Alien 3 (1992)

Juno.

El mes número 6 del año, usualmente afincado en lo que vendría siendo la parte tardía del summer cinematográfico estadounidense. En estos lindes se le conoce como ‘temporada alta’, momento para disfrutar de las vacaciones académicas, viajar, ver alguno que otro producto crispetero y perder el ritmo que se había construído a lo largo de los últimos 5 meses. También es el nombre de una película dirigida por Jason Reitman en el 2007, a la que realmente no le voy a dedicar muchas más letras que las de esta referencia nada incisiva, al menos en este artículo.

Todo parece indicar que hay una asociación entre la deidad romana y nuestro estado de ánimo actual, en cuanto a producir material se refiere. ¿Qué es lo que nos pone a hablar, intrigar, confabular y ruminar en torno a este mes?

En Filmigrana

Llevamos un buen tiempo (¿Meses? ¿Ya casi dos años?) reiterando nuestra disposición a hacer arreglos en la página, escribir más y poner a su disposición, estimados lectores, un enorme arraigo de platillos en los que puedan degustar el malestar que sentimos hacia la sociedad, y como el cine nos desvía del camino del mal, et cétera et cétera. Pero si bien en tiempos anteriores parecíamos no haber dado la cuota, este es el momento de refregarse los ojos y ver como, casi en una cadencia de día de por medio, verán un artículo nuevo, ya sea en Filmigrana o en el repudiado e infame Monk’s, donde ya sabrán que algunos de nosotros hacemos nuestro medio tiempo llenando nuestra planilla de pacientes de frenopático.

Muchos de ustedes ya habrán notado mi más reciente ‘rant’ sobre el cine de Dago García, en el que vaticino mi asistencia a una proyección de su más reciente guión. Ese artículo estará dispuesto a finales de esta semana, pero ¿Cómo aguantar hasta su llegada? Habiéndolo prometido hace ya mucho tiempo, la publicación de la antología de ese mismo director/productor/guionista colombiano, escrita por Demuto, se hará lo antes posible, con el fin de contextualizar y acentuar el disfrute de la apología del “Colombiano Tradicional”, detalle en el que me extenderé en su debido momento.

Los demás redactores también tienen sus sorpresas, colaborando con la coyuntura que estamos viviendo. JNMGLVDL, quien hace poco escribió para la revista REC de la Universidad de los Andes, ha estado merodeando las aguas de Paul Thomas Anderson; Samuelmorel, por otro lado, recientemente nos sorprendió con un insight de Hunger (2008) muy personal; y confiamos en que los podamos tener tanto a ellos como a otros invitados especiales en nuestro próximo Podcast, con la intención de convertir esas atrocidades aurales en una periodicidad de este sitio.

Hay muchos otros planes y sorpresas que se irán despejando a medida que pase el mes, pero preferiría no arruinar su llegada con mis comentarios, y esperar a que se aproximen los eventos de la manera más adecuada y oportuna. Entre tanto, veamos que nos espera…

A nivel local

Y con esto me refiero a la cartelera de este pintoresco país, sin depender de la nacionalidad de las producciones que estén proyectando.

Prometheus encabeza la lista de entusiasmo, tratándose del debido regreso de Ridley Scott al género en el que volcó su genialidad visual. Ya se ha hablado mucho de cómo esta película no será una precuela directa de la franquicia Alien, pero que en sí misma será una tierra de abono para la vasta mitología que han engendrado los infames xenomorfos. ¿Vivirá a la altura de la original de 1979? ¿O será recordada como un nonato extraído abruptamente del útero, hecho con mayor amor que Resurrection pero funcionando como un similar eslabón de visceras y compromiso pobremente recompensado hacia la especie?

Cosmopolis, protagonizada por Robert Pattinson, recién fue estrenada en el vil Festival de Cannes, ganando más objeciones que vitoreos; y no tendría por qué ser obligatoriamente al contrario, si estamos hablando del genial y veterado David Cronenberg. Es una película que posiblemente no veamos sino hasta finales del 2013 en nuestras salas, mas hay algo que sí podemos aprovechar ante la inminencia de los cataclismos de la biblia Emmerichiana, y es A Dangerous Method, un singular drama de época estrenado en el Festival de Venecia del 2011 (ese fue un gran festival, quepa decirlo). A partir del 22 de junio podrán echarle un recomendado vistazo tanto en las salas de Cinecolombia como en las de Cinemark.

También está la sala de cine de Av. Chile, el clásico baluarte de los dramas a los que no es nada recomendable ir en solitario. Desde el primero de este mes se estrenó A Separation, y dependiendo de la perspectiva que tengan del cine iraní en general les podríamos “aconsejar” una pasadita, de la misma manera que los compañeros de la adolescencia nos aconsejaban cruzar corriendo las calzadas de la Autopista Norte. Bueno, en realidad Dustnation considera sano que la vean, y desde mi punto de vista también sería provechoso que lo hicieran, no hay nada malo en un Oso de Oro del Berlinale; pero nuestra opinión es basura esnob, por lo que queda enteramente a jurisdicción de ustedes.

A un par de meses de diferencia de Mirror Mirror, la mirada del bombástico y colorido Tarsem Singh frente al célebre cuento de la manzana envenenada de los Enanos Grimm, llega Snow White and the Huntsman, su contrapartida oscura y decididamente gritty. En ella tenemos a la generalmente vilipendiada Kristen Stewart, a Chris Hemsworth y a Meredith Vickers Charlize Theron, interpretando esta última a la fría y gélida antagonista del conocido cuento de hadas… ¿O será el mismo que creemos conocer? Hay ejércitos de alta fantasía medieval, estandartes ondeando sobre campos de batalla grisáceos y una Blanca Nieves con cota de placas. Aunque lo lamente en el fondo de mi obtuso corazón, esto tengo que verlo.

Y en últimas, tras un mes de haber visto el tráiler, nos seguimos preguntando ¿Por qué demonios Madagascar 3 se sigue llamando Madagascar? Claro, es retórico, se trata de una franquicia; sin embargo ya ni siquiera la isla tiene una relación directa con el argumento. Y es posible que no desmienta eso último por el simple hecho de no vérmela, gracias a que ostentan un hit de LMFAO en su banda sonora. Lo lamento, tengo cosas más importantes en las cuales quisiera perder mi dinero, y paradójicamente una readaptación de Blancanieves es una de ellas.

Por fuera de todo esto

Saben bien que nos gusta recomendar otros blogs y sitios de crítica y análisis cinematográfico, con el fin de que encuentren lo más afín a sus intereses y contemplen otras visiones del vastísimo y complejo mundo del cine (qué educativo sonó eso último).

Nuestra elección favorita, como de costumbre, se dirige hacia The Pink Smoke y su vastísimo compendio de conocimientos con respecto al eterno Ray Bradbury y su intervención en el celuloide. Hay muchas otras curiosidades que ustedes, gente de bien sin déficit de atención, querrán leer ya encontrándose por esas latitudes.

Y como sitio ‘nuevo’ recomendado del mes está Static Mass Emporium. En lo personal, no me atrevería a ponerlo en el mismo absurdo e innecesario pedestal en el que situamos a ‘Smoke, a Shadowplay o a Wonders in the Dark, de los que hemos hablado con mayor o menor extensión; sin embargo, resulta alentador ver la frescura y la diversidad de los artículos, reflejada también en lo variopintos que son sus redactores -¡Hay una reseña escrita por un niño de 9 años!-, y en medio de todo consideramos que cualquier sitio que intente rescatar el cine ‘impopular’ (a falta de un mejor término) es un sitio que merece ser observado a futuro.

Ahora, si quieren leer cortas reseñas sobre Battleship Potemkin, The Godfather o lo genial que es y siempre será 2001: A Space Oddissey, sin temor a salirse de la franja del vox populi, pues ya saben a dónde NO ir… Y cabría recordar que por acá tampoco verán algo similar.

Así que, zarpamos una vez más. Como diría cierto colaborador italoparlante de Monk’s,

“Nos veremos nuevamente en el mundo donde nuestras conciencias nos sumergirán”

“Menos da una piedra”, observando el panorama actual

Simultánea a la directiva de añadir nuevos artículos, tanto nuestros como de los colaboradores que a través de inescrupulosos engaños desinteresadamente nos aportan su material, se encuentra la aparición de este artículo, una pequeña pieza de meditación que, si no fuera por los caprichos de la administración de este espacio, valdría más situarlo en Monk’s que en cualquier otro lugar; y mucho menos en Filmigrana, aquel reputado espacio de elegancia y panache donde abundan las discusiones sensatas. Por supuesto que no.

Sin embargo aquí estoy, con toda la intención de plantear una pequeña reflexión de último minuto. Por cuestiones de tiempo, y también por nuestra ondulante voluntad, no se publicaron muchas cosas que se tenían planeadas para el mes de mayo. Varias de ellas no vieron la luz en ningún momento, y otras se quedaron en borradores perpetuos y versiones de evaluación, como muchos de nuestros proyectos. Dejando constancia de eso último, me abstendré de convertir esto en una sección de avances, aunque no por eso dejaré de hablar de situaciones actuales en materia de cine, que es lo que nos importa acá.

Es el mes de junio, y se viene una cantidad generosa de películas, muchas de las cuales recomendamos personalmente. Ya lo mencioné, no vamos a hablar de esas películas en concreto, pero si se me permite, voy a hacer unos apuntes sobre lo que pienso del ‘verano’ en las salas de cine colombianas. Todos ustedes, estimados lectores, sabrán acerca de la película nacional que se estrenó en carteleras este pasado viernes, y conocen (o intuyen) nuestra relación con similares películas producidas y/o escritas por Dago García. Mi Gente Linda, Mi Gente Bella puede llegar, con espacio a la discusión, a ser el epítome de todo lo dicho y escrito sobre la obra de este pintoresco autor, en cuanto a su retrato de la cultura y su concepto de nacionalidad. Y con aquel inciso de ‘espacio a la discusión’ no estoy siendo eufemístico, ya que el sólo hecho de haber empleado el término “autor”, incluso coqueteándole a la manida idea de auteur, sé que muchos se van a calentar sin remedio, y a lanzar acusaciones obscenamente detalladas acerca de cómo soy un hablamierda y un barato mercader de las palabras. Pero eso no es tan importante (o al menos no en este artículo), y preferiría seguir por el hilo que estoy intentando construir a estas alturas.

La sola sinopsis de la película se lee como una esquela conmemorativa de la ya difunta campaña Colombia es Pasión, donde reina el imaginario de la verraquera, el sudor y, entre otros punzantes términos, la malicia indígena con la que están dotados varios de los habitantes de este gorro frigio bañado en dos mares. También está en pie de discusión la naturaleza potencialmente negativa de ese sistema de valores que hemos asumido a través de una permeada cultura popular, y de cómo ese sistema permite que pasemos de largo muchos desagravios que, en otras latitudes, se considerarían altamente profanos e insolentes, porque está en nuestra naturaleza pasar por las malas y las peores, así como ser rumberos y tropicales nos pone de buen genio, y en linea de conga un gran et cétera. Pero eso último también quedará por fuera de este artículo, dándole pie nuevamente al asunto al que intento e intento llegar.

Porque, volviendo al carrete, no nos podemos mentir en lo fácil que resulta atacar un cine que fabrica estereotipos sociales a partir de la nada (podría estar empleando el término equivocado, espero alguien me corrija) y los establece como un estándar, y de las nutridas ganancias que generan esas mismas películas en fechas tan infames para el entretenimiento como lo son todos y cada uno de los 25 de diciembre de los últimos 12 años. Resulta siendo una diana gordísima la que hemos colgado a hombros de los responsables de este tipo de películas, pero ¿No resulta sospechoso lo fácil que sean esas denuncias ante los atajos que se toman esas narrativas? Incluso cuando el mismo Dago García admite que lo suyo es la comedia blanca y el entretenimiento, ¿No se está siendo muy extremo al negar el valor intrínseco de la realización de esas películas, dentro de lo que se espera que sea una sana industria cinematográfica?

Wow.

Me puedo estar metiendo en una camisa de once varas con esa última interrogante, porque ni siquiera en nuestro vecino país del norte (eje de exportación cultural como ningún otro se conoce en estas latitudes) se puede hablar de una sana industria cinematográfica: los estudios, bajo la jurisdiscción de los grandes conglomerados de la información, son bastante reticentes a producir propiedades originales o arriesgadas, y se aboga a las secuelas, reboots o adaptaciones de propiedades populares. E incluso eso mismo puede empezar a suceder desde este momento, siendo que estamos a punto de presenciar lo que, de acuerdo a mi memoria que suele fallar, parece ser la primera secuela directa de una película colombiana. Aquí también me refiero a una producción de Dago García, esta vez bajo el yelmo de Harold Trompetero (responsable de la primera), El Paseo y El Paseo 2 parecen subrayar esa idiosincrasia que, sin saberlo, hemos adquirido a partir de cultura popular, cultura que no hemos construído sino que más bien nos ha venido construyendo con el paso de los años, dotándonos de una imagen muy difícil de remover.

Tanto cultural como cinematográficamente estas películas suelen ser vilipendiadas por círculos a los que no soy ajeno, y queriendo volver a las interrogantes que planteé, ¿Por qué es tan fácil despreciarlas? ¿Qué hay en ellas que sacudan los ánimos de los cinefilines más diletantes? ¿Se trata acaso del abaratamiento de costes que implica el diseño de publicidad, espantoso cuando menos? ¿O es que el acceso a los equipos de avanzada de Canal Caracol hace aún más irrisoria la calidad con la que suelen estar rodadas?

Queriendo finiquitar primero unos compromisos pendientes, tengo sólidamente planeado verme Mi Gente Linda, Mi Gente Bella esta semana, sin falta. No quiero proferir catilinarias sobre esta película, tomando en cuenta que no sólo queremos continuar de manera placentera nuestras Impresiones de Cine Colombiano sino que además ya está mandado a recoger el reaccionario proceder del rechazo inmediato a una película; es algo estúpido, y sólo deja ver una actitud de molesta pedantería y falso conocimiento que eventualmente será devuelta a los autores, cuando estos quieran dar a conocer sus creaciones (Filmigrana siendo una de ellas, en nuestro caso).

Además, hablar basura de esta película es inútil, porque su productora seguirá ganando dinero con ella, y cuando se hagan secuelas, reboots y franquicias girando en torno a las colombianadas amparadas por las carimañolas con suero y el Divino Niño Salvador plotteado en una buseta, nuestros adjetivos y derisivos habrán caído en una profunda vatea, junto con los de otros miles que se quejan en vano mientras la cartelera continúa impasible. Intentaremos, más bien, deshuesar la experiencia fílmica y ver qué es lo que hay detrás, más allá de lo bueno o malo que pueda representar para nuestra incipiente industria. Que no sea un lomo para banderillas, aunque tengan por seguro que tampoco nos iremos a las caridades y elogios.

No neguemos que esta clase de películas hacen parte de nuestro país, por algo la gente se ríe (para bien o para mal) mientras las ve y ganan cantidades obscenas de dinero en el proceso; pero pensemos por un momento, ¿Qué podemos hacer todos para dar una visión más apropiada? Y ese todos es realmente incluyente, porque no hay actualmente cámara compacta de baja gama, artículo tan ubicuo como los televisores o (en menor medida) los celulares inteligentes, que no pueda grabar video en una definición decente. Y tampoco hay que decir que el cine se limita al celuloide 35mm.

Quienes estén hartos o con ganas de ver algo distinto, escriban sobre ese otro cine (un perezoso ejemplar aquí presente) o mejor aún, hagan su propio cine, actualmente ya está sucediendo y gente es lo que todavía cabe. Sean bienvenidos.

Trivia: ¿Cuándo fue la última vez que alguien vio a Sara Corrales fuera de una revista SoHo? ¿En la telenovela Vecinos, supongo?
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Ps: al cine de animación todavía le hace falta mucho trecho. Es una lástima que Gordo, Calvo y Bajito haya tenido una cobertura tan estrecha, pero no se puede esperar mucho de una película en la que (de acuerdo a reportes de una fuente muy confiable) la gente desertaba apenas veía que era de ‘dibujitos’. Realmente una lástima.