Joris Ivens: … A Valparaíso (1965)

Mar, montañas, cielo y paraíso.

Un fuerte y sonoro oleaje nos saluda durante la presentación de los créditos iniciales, y no somos conscientes del todo, pero estamos frente a un inusual ejemplar de Sinfonía de Ciudad rodado en 1965, “… A Valparaíso”.

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El amanecer brumoso en el puerto, que da inicio al cortometraje. Recuerda a un rápido tren llegando a cierta ciudad alemana.

Conocido informalmente como “El Holandés Errante”, en honor a la famosa ópera temprana de Richard Wagner y a su compulsión viajera, Joris Ivens trabajó arduamente en el género documental después de su salto al conocimiento de la crítica con Regen (1929), pero esta obra particular aborda un experimento distinto, tomando de base el género cinematográfico ya mencionado, y vertiéndole a este algunos cambios apropiados para la época.

Pero mencionar que A Valparaíso es sólo un paquete de proezas técnicas sería oprobioso, y negaría muchas otras particulares insertas en este cortometraje documental de 26 minutos. Para empezar, es necesario anotar cierta costumbre que Ivens venía haciendo en sus cortometrajes y películas documentales en general, y es el hecho de trabajar con locales en los diferentes sitios a los que iba, usualmente en los departamentos de fotografía y asistencia. De esa manera es que en esta película llega a trabajar con quien luego sería un legendario documentalista en Chile, Patricio Guzmán, quien hizo las veces de asistente de cámara. A esto le debemos sumar que el guión, de carácter poético y cundido de epítetos sonoros, fue escrito por el mismísimo Chris Marker, quien después establecería una relación de confianza con Guzmán, facilitándole el material fílmico necesario para rodar su aclamada trilogía, La Batalla de Chile (1978-1980).

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Hay espacio para todo tipo de ‘espontaneidades’ frente a la cámara. Los niños y los fuegos artificiales son, por fortuna, algo de lo que no se abusa en la narrativa del corto.

El documental, iniciando en la bruma matutina reconocible en muchas Sinfonías de Ciudad tradicionales como Berlín: Die Sinfonie der Grosstadt (Berlín: Sinfonía de una Gran Ciudad, 1927) y Chelovek s kino apparatom (El Hombre de la Cámara, 1929), revela poco a poco la naturaleza de la ciudad de Valparaíso y los elementos en el paisaje que la hacen destacable, elementos que en ocasiones no se discriminan entre lo geográfico o lo demográfico. Se intenta llevar a cabo una estructura cronológica de los acontecimientos, narrando lo que sucede en determinados puntos de la ciudad a medida que el tiempo pasa y es acorde para ello, pero el criterio empleado para la progresión del descubrimiento de la ciudad tiene unas bases primordialmente espaciales.

Abriéndose paso por el mar, se narra detalladamente el aspecto portuario de la ciudad, su relevancia como puerto comercial y como punto de paso para múltiples embarcaciones en plan de negocios a lo largo de América Latina. La narración pausada y seca es otorgada por el actor francés Jean Pigaut, quien ya había trabajado recientemente con Ivens en Le Mistral (1965), un cortometraje documental que tiene una aproximación más estrecha con Regen que con esta obra. Pigaut describe apasionadamente a los trabajadores de los muelles y astilleros, así como a los individuos que conviven alrededor de aquellos desde tempranas horas de la mañana, haciendo mención del enorme crisol existente en la costa de la ciudad. Se puede percibir la impronta multicultural en los nombres de los establecimientos, así como en la diversidad arquitectónica percibida en los múltiples planos panorámicos que ostenta el cortometraje, alejándose y distanciándose de los habitantes en intervalos, con un ritmo que se mece entre esos planos de establecimiento y la mirada arrugada de alguno de los habitantes de Valparaíso, aparentemente indiferente a la existencia de una cámara en sus inmediaciones.

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Un juego recurrente con los ángulos de cámara, y de cómo estos invitan a la verticalidad del espacio, tanto dentro del cuadro como en la diégesis.

Eventualmente la cámara empieza a ascender, y en su recorrido se evidencian los (nunca mejor dicho) estratos sociales que se apilan unos sobre otros en esta ciudad de edificios que simulan ser embarcaciones, y de casas que alcanzan celosamente el cielo. Los ricos mercaderes, pequeñoburgueses, ganaderos y otros acaudalados pasean por las calles eternamente soleadas de la ciudad, junto a hogares que parecen sets de escenografía rápidamente levantados. El ascenso luego se torna más tortuoso, desaparecen las calles amplias y las escaleras ya no llevan a ningún lado, por lo que cobran protagonismo los carros de cable, enseñados como un medio indispensable para conectar la ciudad que, hasta ese punto, ya sólo parece extenderse en su eje Y.

La narración es explícita en el tema, licenciándose en la voz para ir un paso más adelante que el espectador, pero aún sin ella es posible percibir como la elevación de los edificios es inversamente proporcional a la calidad de vida de sus habitantes, siendo más pobres y relegados al olvido a medida que se asciende entre vertiginosos corredores que parecen estar a punto de desplomarse. Aunque hay un esfuerzo por establecer las líneas divisorias entre los distintos niveles de pobreza, llega un punto en el cual resultan indiscernibles los unos de los otros, yuxtaponiendo un baile de la alta sociedad al ritmo del contemporáneo “twist” junto a una serenata de un corte más bien autóctono. Los ritmos y sonidos casi se entremezclan, y las nociones de estratificación social no vuelven sino hasta que se retorna a los problemas de los habitantes de Valparaíso en cuanto al agua y otros recursos fundamentales.

Con muchísimo tino, es durante las últimas secuencias que se nos muestra una nueva faceta que no imaginábamos en Valparaíso: el color, después del cielo, es un elemento que añade otra dimensión a lo ya visto en la ciudad costera. Aunque satisface una cierta necesidad de foto-realismo, en realidad aparece más por motivos formales que informativos. Los nuevos tintes son empleados para contar un anexo de la historia de la ciudad, y es la de su relación con la piratería, los bucaneros y los desastres geológicos, y cómo esta se cimentó de manera sangrienta e ígnea sobre las vidas de los habitantes de Valparaíso. Caben las asociaciones con la violencia y la tierra rojiza que se resquebraja durante los terremotos, pero el color permite una revisión de elementos que se han visto previamente a lo largo del viaje a través de la ciudad, mas en su nueva perspectiva empiezan a hablar ya no de lo que ha sido el lugar, sino de su porvenir y aquellas soluciones que se puede plantear para la prosperidad de sus habitantes, donde para cerrar, el futuro está representado en los niños y las cometas, los signos más leves y propensos al vuelo.

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El hechizo se ha roto, pero aún con eso la danza continúa.
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